miércoles, 11 de junio de 2008
Egipto descubre los enigmas de la desaparecida cuarta pirámide
El faraón Dyedefra, hijo de Keops, quiso ser diferente. Tenía el ánimo emancipado y mandó levantar su pirámide alejada de la de su padre, la mayor de las tres del valle de Giza. De aquella construcción aislada, hecha en torno al año 2550 antes de Cristo, solo perdura hoy la base, de unos 10 metros de altura y 122 metros de lado, mientras que apenas a ocho kilómetros, perfiladas entre la perenne nube de contaminación que desprende el monstruo urbano que es El Cairo, se ven, majestuosas, las de Keops, Kefren y Micerinos, la santísima trinidad del antiguo Egipto.
Es la pirámide perdida y muestra ahora sus enigmas; los arqueólogos, forenses de la historia, han hecho hablar a las ruinas que quedan en la zona de Abu Rawash y han descubierto que, en contra de lo que se creía, sí fue completamente terminada, y que ni la derruyeron las venganzas familiares ni se desplomó por deficiencias arquitectónicas. Simplemente, los romanos la utilizaron, muchos siglos después, como cómoda cantera para sus propias edificaciones. Todo eso queda recogido en un documental producido por Canal de Historia cuyo estreno mundial será en septiembre próximo.
NO ERA UN ASESINO
A Dyedefra, tercer faraón de la cuarta dinastía (su mandato se extendió entre 8 y 25 años, no se sabe con certeza), se le tenía por un gobernante con el carácter espinoso de un cactus, tremendista y matón, que eliminaba (hacía eliminar, vaya) a cuchillo a sus enemigos. No debían de ser pocos, según la historia hasta ahora conocida. Pero tal vez haya que cambiar los libros. Una docena de años de trabajo de un grupo de arqueólogos en Abu Rawash en torno a ese galimatías misterioso ha alumbrado unas cuantas novedades.
El equipo internacional de excavadores, dirigido por Michael Valloglia, concluye que la pirámide no solo fue coronada con éxito, sino que su construcción contó con piedras de superior calidad a las tres de Giza. En los ocho años que tardó en izarse la colosal obra se apilaron cientos de miles de bloques de caliza y granito rojo de Asuán, 800 kilómetros Nilo abajo, que llegaban hasta Abu Rawash en barcazas. Algunos de los pedruscos podían pesar 25 toneladas y para tallarlos se empleaban herramientas de dolerita, un mineral mucho más duro.
En un signo de distinción más, acaso el principal, Dyedefra puso su techo por encima del de su padre: su monumento era unos siete metros más alto (Keops mide 146). Tampoco se privó de lujos. La obra tenía un deslumbrante revestimiento de granito pulido, oro, plata y cobre, para envidia hasta del sol.
UNA PELÍCULA ROTA
Otra teoría que modifica el documental de Canal de Historia, cuyo rodaje ha durado tres años, es la que ubica el mandato del faraón en un vaivén de sanguinarios rencores familiares. Se daba por cierto que Dyedefra mató a su hermano mayor, Kawab, para ganarle la vez en la herencia, y que su hermanastro Kefren se cobró venganza no solo asesinándolo, sino echando abajo su formidable pirámide.
Una gran película. Pero todo es, dicen los arqueólogos, fabulación a partir de textos de Herodoto, historiador griego del siglo V antes de Cristo. En realidad --sostienen los responsables del hallazgo--, el faraón fue alguien que llevó una existencia menos frenética y mantuvo unos lazos familiares nada traumáticos. Sin duda un soso en tan animado y prolongado imperio.
El documental que repasa este periodo (y que, entre otros alardes técnicos, utiliza un simulador informático para reconstruir la pirámide), fue presentado hace unos días a un grupo de periodistas de todo el mundo en El Cairo. Allí estaba, para dar el espaldarazo a la noticia, Zahi Hawass, el vehemente y orgulloso secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades; el hombre sin cuyo consentimiento no se mueve ni una piedra en Egipto.
lunes, 2 de junio de 2008
La cuarta pirámide del Valle de Giza
El faraón Dyedefra, que reinó en Egipto hacia el año 2556 antes de Cristo, hace casi cinco milenios, construyó la pirámide con más altura y magnificencia de las cuatro que se veían desde las orillas del Nilo.
Un grupo internacional de arqueólogos ha descubierto que las ruinas que hoy pueden verse en Abu Rawash, a pocos kilómetros de El Cairo, corresponden a la llamada pirámide perdida, cuyas piedras han acabado con muchas de las leyendas que han rodeado el reinado del que fuera el heredero de Keops.
«Esta pirámide fue la más alta de todas las del complejo de Giza [Keops, Kefrén y Micerinos] y su piedra era de mejor calidad. Durante años se pensó que no había sido terminada de construir, pero hemos comprobado que no fue así. Sus piedras fueron utilizadas durante siglos para construir en El Cairo», señala Zahi Hawass, secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades egipcio.
«Durante los 12 últimos años hemos excavado allí y hemos sacado a la luz gran parte de la historia de la IV dinastía, las luchas por el poder y parte del misterio de la construcción de las pirámides», añadía en la presentación internacional del documemental 'La pirámide perdida', una película rodada durante tres años de excavaciones por Canal Historia, que podrá verse en septiembre en España.
Los restos de la pirámide del enigmático Dyedefra no levantan hoy más de 10 metros del suelo. Están en una colina de Abu Rawash, una zona militarizada de acceso restringido. Alrededor el reseco desierto y al fondo, impresiona la negra nube de contaminación de El Cairo.
Entre la neblina también se adivinan las siluetas de las otras tres pirámides de Giza, con las que esta majestuosa obra nunca estuvo conectada, según los arqueólogos.
Hawass cree que el hijo de Keops eligió este lugar a cierta distancia de Giza, el cementerio de su dinastía, porque quería ser independiente de su familia y su alto enclave pondría su tumba más cerca del Sol, su dios.
Ocho años de construcción
La pirámide, a tenor de los últimos hallazgos, superaba en 7,62 metros de altura a la de Keops, que tiene 146 metros. Cada una de las caras, en su base, medían 122 metros y el ángulo de inclinación era de 64 grados, si bien una variación impidió que se colapsara.
Fue levantada con caliza y granito rojo de Asuán, como la de su padre. El material llegaba desde 800 kilómetros de distancia por el Nilo y alcanzó Abu Rawash a través de grandes canalones. Allí, utilizando una dura piedra de dolerita, se partían los bloques, a los que daban la forma precisa con una especie de sierra de cobre con el filo de cuarzo. Cada una de las piezas de ese inmenso puzzle pesaba hasta 25 toneladas y se necesitaban hasta 370 personas para moverla.La mayoría de los trabajadores que llegaron a Abu Rawash, unos 15.000 en los ocho años que duró la construcción, fueron agricultores que realizaban este trabajo cuando las crecidas del Nilo inundaba sus tierras de cultivo. «Cuando comenzaban el trabajo, realizaban marcas en las piedras con un tinte rojo», explica sobre el terreno el egiptólogo Hassan Abd El-Razek.
Una profunda grieta en la tierra, que fue el pasaje de bajada a la cámara subterránea, está ahora al aire libre y ha servido para comprobar que en la primera fase se utilizó argamasa para consolidar el interior donde debía descansar el faraón en su viaje a la otra vida.
En el exterior aún el suelo está plagado de fragmentos de pequeñas vasijas donde se llevaban las ofrendas a Dyedefra. El-Razek muestra también el lugar donde aparecieron varias estatuas rotas del faraón, así como las ruinas de lo que debió ser el templo, cuyas obras de reconstrucción fueron paralizadas por Zahi Hawass.
Anthony Geffen, productor del documental, también aporta detalles de la gran obra mientras, bajo un sol abrasador, pasea entre las milenarias piedras. «La pirámide estaba recubierta de granito pulido y por una aleación de oro, plata y cobre que brillaban al sol en señal de poder». La pirámide de Abu Rawesh se podrá visitar a partir de 2009, pero sólo por su parte exterior.